Tino Mossu, emprendedor argentino.
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EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.– La economía digital creció con fuerza después de la pandemia, pero la discusión de fondo ya no es si el comercio electrónico se consolidó o si el trabajo remoto llegó para quedarse. La pregunta es otra: quién tiene las habilidades para sostener esa transformación y quién se está quedando atrás.
La UNCTAD señaló que el impulso del comercio electrónico que se disparó con el covid-19 se mantuvo en 2021, aun cuando en muchos países se relajaron las restricciones. Ese “nuevo piso” cambió la forma de comprar, vender y operar servicios, y empujó a empresas de todos los tamaños a acelerar su presencia digital.
En América Latina, ese salto dejó una realidad incómoda: el mercado se movió más rápido que los procesos de formación. En Colombia, por ejemplo, El Tiempo reportó un estudio que advierte sobre la necesidad de 85.000 talentos digitales adicionales hacia 2030, en medio de una brecha entre la oferta de formación y la demanda empresarial. A esto se suma una preocupación repetida por el sector: la falta de una estrategia sostenida para cerrar esa brecha, que incluya actualización curricular y articulación entre educación y empresas.
Ese es el terreno, más estructural que coyuntural, donde se ubican ciertas iniciativas privadas de formación aplicada. Entre ellas está el trabajo de Tino Mossu, emprendedor argentino que ha construido un modelo centrado en preparar perfiles para operar en negocios digitales, con énfasis en práctica, métricas y ejecución. No se trata de un debate sobre “cursos en internet”, sino sobre un problema más grande: la dificultad de alinear capacidades humanas con un mercado que ya funciona con estándares globales.
Mossu impulsó un proyecto de entrenamiento como estructura formativa. Más allá de cualquier nombre específico, la discusión que plantea es amplia: cómo formar competencias operativas para entornos remotos, donde los equipos están distribuidos, los procesos se miden en tiempo real y el desempeño se evalúa con indicadores concretos. En el ecosistema digital, el margen de improvisación es mínimo; lo que no se entiende, no se sostiene, y lo que no se mide, rara vez mejora.
El desafío, además, no es solo técnico. Las empresas digitales trabajan con ritmos distintos a los de una organización tradicional. Se toman decisiones rápido, se ajustan procesos sobre la marcha y se exige adaptación constante. Para muchos profesionales, el choque no está en aprender una herramienta, sino en comprender la lógica completa de operación: cómo se arma un sistema, cómo se coordina un flujo de trabajo remoto, cómo se asegura calidad y consistencia cuando todo ocurre a distancia.
En noviembre de 2025, Mossu llevó parte de esa conversación al terreno presencial con Shock Conference, un encuentro que reunió a perfiles del ecosistema digital. El hecho de que un evento así logre convocatoria no explica por sí solo un fenómeno, pero sí sirve como termómetro: hay una comunidad grande buscando estructura en un mercado que creció demasiado rápido y que, por momentos, parece ir por delante de las instituciones. El interés por metodologías aplicables, más que por discursos, se conecta con esa misma brecha que distintos sectores vienen señalando.
En Colombia, la discusión sobre talento digital ya dejó de ser un asunto de “tecnología” para convertirse en un tema económico y de empleabilidad. El Tiempo ha recogido, por ejemplo, preocupaciones del sector sobre la necesidad de construir una estrategia nacional sostenida que articule educación, empresa y política pública. En otras palabras: conectividad sin habilidades no alcanza.
La economía digital seguirá expandiéndose y, con ella, la presión por formar capital humano capaz de competir en escenarios internacionales. La pregunta que queda abierta es si la región logrará cerrar esa brecha con velocidad suficiente o si el crecimiento del mercado terminará ampliando desigualdades: entre quienes pueden insertarse en circuitos globales y quienes quedan atrapados en modelos laborales cada vez más frágiles.
En ese panorama, el trabajo de Tino Mossu se lee como parte de una respuesta desde el sector privado a un problema que es regional: cómo estructurar formación aplicada cuando el mercado ya está corriendo. La discusión de fondo no es una moda digital; es un reordenamiento del trabajo que ya está ocurriendo y que va a exigir, cada vez más, preparación medible.
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